Un amor en suspensión

Imagina que vas por la calle caminando la trivialidad, transeúnte cotidiano, pero entonces no sólo transeúnte sino observador de expresiones, formas, colores, detalles, vida. ¿Algo más que eso? ¿Identificado? Hablo de mí misma y mis extrañas cavilaciones en medio de una calle atestada de personas sumergidas en sus propios mundos. Yo, vigilante, perspicaz, curiosa porque siempre me encuentro creando historias en mi cabeza o imaginando las historias de lo que ha podido ser y es la vida de cada rostro efímero que observo.

Pero, hay algo muy particular que siempre me inquieta y me sorprende porque digamos que la sensación es reincidente y bastante impetuosa como para no perderse y dejarme quieta, transeúnte de la trivialidad. Rostros, una vez más, pero rostros con marcas del tiempo, de la edad: la curiosidad más pura de todas. Siempre que veo un rostro de una persona mayor me es inevitable no pensar en las experiencias que han marcado su vida y le hacen ser lo que es hoy. Las experiencias que aguardan los pliegues de su piel, las lágrimas de felicidad o pena que han derramado y de las cuales las bolsitas bajo sus ojos han sido testigos, la transición de cada etapa de la vida y el designio figurado en su actual realidad resultado de todos los sucesos de su vida pasada.

Por ahí escuché que en ocasiones la vejez nos estremece y nos asusta más que incluso la muerte, ¿la vejez o la soledad? Siempre me pregunto ante aquella afirmación. Pero para no dispersarme más: toda esta disertación previa tiene una razón de ser.

Y sí, me sigo haciendo las mismas preguntas cuando voy por la calle, porque sí, me conmueven los trazos, los pliegues en la piel y las bolsitas bajo los ojos que ahora se constituye como la razón por la que quiero relatar una historia real, que vino a mi de forma inesperada pero que caló tanto, que en mi mente no había dejado de revolotear durante semanas porque exigía que la relatara, que la hiciera eterna a través de las letras: la historia de Don Polo.


Abordar una comunidad fue mi primera clase de fotografía. Un asilo de mi actual lugar de residencia. Un espacio que no conocía. Una realidad ajena. Así fue, un espacio lleno de vivencias, de experiencia, de lo que relaté anteriormente, me sentía llena de curiosidad pura. Acompañada de mi maestro, el fotógrafo, @_fernandorueda_ llegamos a darle continuidad a una de sus tantas labores con propósito: darle vida y darle rostro a una comunidad que necesita. En esta ocasión era la oportunidad de darle voz y vida al rostro de Don Polo, a quien dedico este post, el coplero del asilo.


De sombrero vueltiao’, mirada apacible y palabras cautas. El aroma del tabaco envuelve sus recuerdos de juventud en el campo, una vida entera dedicada de lleno a ello, las coplas vespertinas y nocturnas en compañía de sus 8 o 10 compinches alrededor de pilas de tabaco en un caney y la infinidad de vivencias resumidas en palabras, acompañadas de expresiones osadas que asomadas a hurtadillas se colan en cada espacio de su semblante.  Auto proclamado inquieto de labores varias la ve yacer bajo el rayito diario de sol, apartada y sola. Se le acerca y le propone compañía, ella acepta y entonces consolidan una soledad compartida que pronto florece en algo más.

«¿Y si nos casamos?»—propone a Marina.

«Así sea para hacernos compañía»– concluye él.

            Ella acepta. Complicidad en el asilo. Ocurre. Se casan. Menos rayitos de sol en soledad, más compañía y en una posteridad menor a un año de la unión, un lecho de muerte cercano.

«Marina padecía de problemas del corazón», decía él,

«Problemas graves del corazón» – replicaba, mientras citaba al doctor que la había visto.

Se encargó de ofrecerle atención y hacer todo lo posible para que se marchara siendo amada. Él no lo mencionó, pero yo apuesto a mi certeza intuitiva que sí. Y entonces, se despidieron, o suspendieron su matrimonio, como dice mi amigo Fernando, «hasta que se vuelvan a encontrar».

Don Polo tiene 81 años, la unión con Marina ocurrió hace 15 y en sus ojos aún reposa una expresión henchida de amor y nostalgia cuando menciona su nombre. Vive tranquilo en el asilo, recita de vez en vez coplas que le acompañan desde su juventud y sonríe noblemente ante la curiosidad ajena. Una de las tantas personitas, que, en el relato de sus vivencias, me hizo dibujar y desdibujar el concepto de amor y de soledad.

2 thoughts on “Un amor en suspensión”

  1. Caminar entre la gente, en medio de la multitud, pero no hacer parte de ella. Observar. Esa es la diferencia, creo yo, el punto de inflexión, en el cual dejamos el rebaño. Ver el mundo desde la mirada de otros es entender que somos diferentes, matizes y texturas desconocidas de una historia de tantas que están hay para ser escuchadas, como la de don Polo, que gracias a tus palabras e imágenes no se pierde en el tiempo.

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