Convergencias disruptivas

Cuando esa mañana, en un nuevo despertar, Maia descubrió nuevamente lo álgido del piso bajo sus pies descalzos, no sabía lo que el nuevo día le aguardaba.

Despertarse y verse sorprendido por el virtuoso azar que ofrece la vida casi siempre no es una opción, es un dictamen.

Tal como quien considera su vida con argumento fútil, lo que pudo considerar apoteósico, ni siquiera recurrente, fue sólo que de vez en cuando le acechaban memorias; recuerdos de momentos que no podía perseguir, porque con personajes ausentes, la historia no era la misma. Eso pensaba ella en su reducida, pobre idealización.


Hasta que, cuando cayó el sol y la luna se posó en el cenit, se sintió totalmente interceptada.

Se dispersó en un intento descontrolado por dirimir qué era aquello que le socavaba la respiración, impaciente, dolorosa y estrechamente angustiante; no le dio tiempo de vacilar sin antes verse vulnerada por una vorágine de bestias indolentes que corrían y clamaban desesperadamente la serenidad de Maia, su mente.

La misma era un bucle de pensamientos forajidos que, sin permiso, habían decidido darse la tarea de despertar los extintos fantasmas de poca misericordia de los que ella, en alguna instancia, había sido morada. Una vez más, no bastando con la desesperación de una mente arrebatada, estalló en petición de indulgencia cuando percibió que el ímpetu de las bestias acechantes era tan rotundo, pero tan rotundo, que no decidieron quedarse en su mente, sino que salieron a explorar su cuerpo, dejándola inmóvil y desvalida; compenetrada con este surrealismo transmutado en quimera que entusiasta llamaba, exigía, reclamaba y pedía a gritos la desesperación de la que Maia era víctima.

El vago y casi inaudible susurro de su consciencia era como una exigencia de pura clemencia que no hacía más que alentar a los caballos que cabalgan despiadadamente a compás acelerado en su corazón. Y seguía, sin poder moverse. El adormecimiento de sus extremidades sólo fraguaba la ahora casi inexistente exasperación, porque ella, estaba sumergida en una irrealidad que poco a poco sumía en desesperanza su materialización y anhelo de despertar. Pero no se detuvo. Maia replicó, batalló, luchó, lo logró.

Maia, aún febril, se negaba a la idea de ser habitada o visitada por bestias que no podía controlar; fue entonces cuando en medio de la desesperación, respiró y clamó con las fuerzas más entrañables, templanza, para detener algo de lo que ella no había sido avisada ni advertida. Porque sí, sabía conscientemente que ella tenía sus formas de percibir surrealismos, pero estas formas macabras e indolentes, no eran su camino, jamás.

  Maia, decidida, prometió ante los dioses no permitírselo más nunca. Pero entonces, supo en su siempre circundante empatía … que quizás, ella no era la única siendo víctima de convergencias disruptivas, agobiantes y sombrías.


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