Un hasta luego

Las despedidas no son tan amargas cuando sabes que las distancias son estrechas, pero, ¿qué ocurre cuando la vida y tus decisiones te conducen hacia destinos separados por miles de kilómetros? por culturas, lenguas, continentes.


Te conviertes en una nube dubitativa deambulando la realidad. Hasta que terminas previendo todas las posibilidades: en los escenarios más trágicos, en la previsualización de las despedidas, del despojarte de lo que, tan fervientemente has estado construyendo de ti mismo en un lugar y un espacio, asumes es tu verdad.

Hasta que llega el punto de inflexión y te cansas, te cansas de la ansiedad santurrona que lo que hace es dar cabida a la incertidumbre para despojarte tus arapos de seguridad, de certeza y de templanza. Así que das el paso hacia lo desconocido, hacia la aventura, hacia la confrontación de seguridades y “comodidades” con las que, realmente no te encuentras tan a gusto, pero son tu colchoncito de pseudo confort.

Ahora sí, para ser más directos: ella ve hacia el pasado y busca en esa verdad desvalijada sus logros intentando enumerarlos: escasos, no hay nada. Son pocos. Vuelve y mira con compasión a su yo del pasado e intenta dejar de subestimarle porque, aunque en retrospectiva parezca no haber esfuerzo de por medio, ha sido la persona más fuerte que ha podido ser y ha intentado alcanzar lo mayor posible en su contexto, aunque sea poco. Aunque, a estas alturas, ¿quién dice qué es y qué no es poco?


La añoranza de lo que se soñó desde la niñez le minimiza las dimensiones al miedo, le pide con tenacidad que responda al llamado y a la materialización de ese sueño sin reparar en banalidades; le pide, con ahínco, que no abandone el barco que acaba de embarcar y está a punto de zarpar, que se lances a la posibilidad de vencer cualquier dificultad que su mente, en medio de su pobre idealización, decide crear para que desista. Le pide: firmeza.

En medio de tanto cambio, la reflexión es una visita constante que le hace reencontrarte con su yo más soñadora, más disciplinada, más constante y más abocada a la emoción de vivir materializando sus anhelos, esos mismos que se habían congelado en el camino que a veces se trunca con la realidad.

Los escenarios trágicos generados por su mente quedan reducidos por la impetuosa y siempre exigente lumbrera de la verdad que, desde lo más profundo de su ser, donde decidió cimentar las bases, hacer un jardín y encontrar morada, habita en ella y le recuerda cuánto ha querido experimentar lo que ahora la vida le está permitiendo no sólo soñar, sino vivir.

Y empieza el proceso, la emoción le traspasa la piel y le cala, empieza con la euforia de, ahora, los escenarios más fantasiosos que pueda imaginar, puras cosas buenas, de ensueño. Comienza su proceso en donde ahora, su decisión no es sólo suya sino de los demás, comienza la repercusión y debe hacer de sus sueños la tela mas gruesa, impermeable y duradera para que no sólo las energías, sino el escepticismo no le toque ni le lastime.

Pasa cada etapa del proceso, hasta que llega a la más dura, emocionalmente hablando, la de asumir las despedidas. Las que te desgarran y te vulneran tanto que has descubierto que, eres lo que eres a razón de aquellos que compartieron pedacitos de ellos contigo para construirte. Aquellos que son una parte de ti, donde puedes morar con entera confianza y sentir que nada va arrebatarte esa seguridad.

Y ahora viene esta otra parte, donde se abre la ventana de la nostalgia y en la biblioteca de las memorias decide colocar un nuevo stand para empezar a atesorar con mucha más consciencia lo que quiere eternizar, para que, por ejemplo, el tacto suave y noble de las manitos de su nonita, no se desvanezca en la voracidad del tiempo, para que el abrazo de mamá siga siendo siempre el lugar cálido y eterno que nunca quiere dejar, para que la protección de papá le arrope saltando las distancias y para que el sentimiento sincero del buen amigo se quede sellado por lo genuino de un buen abrazo y unas palabras de aliento.


Hasta que llega el tiempo de la verdad que se queda en los ojos inundados de lágrimas tercas que, incluso bajo su renuencia, han decidido salir para encontrar diversión en sus mejillas; los mismos que se quedan en la meticulosidad de guardar una imagen con la mayor cantidad de detalles para no perderlo en el, antes mencionado y siempre protagonista, tiempo.

Y luego, en un abrir y cerrar de ojos, se encuentra allí, viendo la pista de aterrizaje y el momento se hace eterno mientras todos esperamos que torre de control autorice para que el capitán pueda comenzar el despegue. Ve, una vez más, que los slats y flaps del avión se preparan, que la señal del cinturón de seguridad está encendida y que el rugido de ese motor subyugado es la más clara prueba de que está allí, que no hay vuelta atrás, que empacó sus sueños y pertenencias en esa maleta, que a la transición de esa escena al lado de su ventana la proceden cambios inmensos y que está a punto de empezar la etapa crucero, no solo del avión, sino de su vida. Y que, la etapa crucero es solo a miles de pies sobre el nivel del mar, que puede haber turbulencia, que puede sufrir despresurización y le puede faltar el oxígeno, pero que, confía, el descenso vendrá precedido por el sentimiento de agradecimiento que le concede el haberse arriesgado e intentado, el haberlo cumplido o, esperemos, la genuina sorpresa de haber conseguido un hogar en el nuevo destino.

Pero bueno, ahora aquí, a esa ella de hace un mes, le digo que lo está haciendo bien, que es valiosa, que es capaz, fuerte y valiente y que las turbulencias son parte de entrar a la calma, que es parte de la aventura… que siente porque está viva y que el vivir ya es un regalo enorme que debería agradecer a Dios y a la vida.

Que, por favor, no se canse de sentir y vivir intensamente…

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