Lucidez

Comenzar este escrito supuso una gran cantidad de renuencia superada. Me ha costado no sólo la transcripción del sentimiento sino la aceptación del mismo.

La opresión de pecho, los dedos torpes y el pensamiento abrumador se asoman a hurtadillas por mi ventana cuando ella (vamos a llamarla “ella”) se percata que, precisamente sobre ella, es sobre quien comenzaré a hablar (valga la redundancia). Por eso aquí estoy, transformando mi renuencia inicial en la renuencia de ceder ante la sensación invasiva de acechar contra mi presente consciente.


Ella llegó a mi vida en medio de una pandemia aterradora. El claustro, la quietud y la incertidumbre del futuro la despertaron y le colocaron una letrero de “omnipresencia”. En medio de mi ingenuidad y desinformación asocié su llegada con cualquier cosa, menos con lo que realmente suponía. Desde entonces, tocó a mi puerta y yo sin mucho reparar, desorientada, le di una morada plácida y cómoda, con un recurso sustancioso para alimentarse. Descubrí formas macabras de convivencia y comencé a experimentar manifestaciones de temor, poca capacidad para controlar emociones, visión gris de mi presente y futuro cercano y lejano, ataques súbitos y una constante sensación de infelicidad.

A principios del año pasado tuvo su crescendo y diría yo, su momento número uno de apogeo; así que, se aprovechó y se alimentó de mi incertidumbre laboral, de los vacíos sociales y de mi propia introversión. En ese momento fui sumisa y, debo confesar, me rendí ante ella. Pasó el tiempo y decidimos mediar pues en medio de tanta turbulencia interna reconocí que este huésped era una que ya no quería hospedar, pero que, sabía, no sería fácil de echar. Vivimos los meses con altibajos, siempre se manifestó, pero entonces ya yo era parte de mi consciencia y no de mi pensamiento, por lo que cada paso o atisbo de invasión de su parte fue siempre anticipado y ya existía un poco más de preparación.

  Pasaron los meses de intermitencia y de pseudo calma, se cansó del pseudo —sí, pseudo otra vez— letargo al que, queriendo querer la até. Poco después, justo cuando me decidí a salir de las zonas en las que me encontraba incómoda, dispersa y fuera de mi centro, decidió pasar sobre nuestro acuerdo mutuo (ya vulnerado por mi) y pisar fuerte para decirme con su cara henchida de poco pudor que había vuelto para ser más partícipe de mi presente. Fue confrontate y muy desafiante. Mi realidad no dejaba de malearse, de cambiar, de mudar de piel; personas que vinieron a mí, se fueron, me hallé en el vagón del propio cuestionamiento y entonces, aprovechó mi momento de vulnerabilidad para habitarme con propiedad. Fue su momento número dos de apogeo y hasta el momento más largo y planeo yo, último.

Cuestionó mis deseos de cambio, de superación, me hizo cuestionar mis capacidades, se volvió más intensa y decidí colocar en pausa mis planes hasta realmente dejar saldada, cerrada y —añada todos los sinónimos posibles— las cuentas con ella y conmigo, la responsable de permitirle habitarme.


Me tomé el tiempo necesario, comenzamos nuevamente nuestro proceso de paz. Ninguna de las dos estuvo dispuesta a ceder sobre sus intereses, así que, me empujé a la discusión, a la confrontación y a la sensación previa siempre aterradora e incierta de lo que supone rebelarse ante lo que parece un designio incuestionable… y que, aún así, ese acto heroico termine saliendo bien. Busqué ayuda, reflexioné, me di cuenta de que era una —ella— alimentada por mi pasado, por mi presente y por mi futuro y hasta me compadecí de ella, siendo ahora sólo un pobre instrumento en uso y desuso.  

Acorté las distancias y me redimí ante la aceptación de lo que su figura era símbolo. Hurgué las heridas, encontré la razón de ser de muchas situaciones/presentes circundantes y cerré el ciclo con el perdón sanador. Desde entonces, siento que la dejé ir. Sí, YO la dejé ir porque, inconscientemente era quien buscaba su presencia para refugiarme, excusarme y apaciguar mis miedos y temores.


  Durante los últimos días del año pasado se aprovechó de mi soledad en tiempos donde estar solo era y es siempre, el antónimo de esa realidad.  Tuvimos un reencuentro fuerte, pesado y para mí, desalentador. Pensé que había regresado para quedarse, pero no, luego me percaté de que no era la misma, era la reivindicación de la emoción, del sentimiento que durante mucho tiempo tuvo como etiqueta su nombre. Esta vez fui mucho más consciente, eran viejos/nuevos invitados así que los dejé pasar y una vez culminada su visita, se marcharon sin más.

Desde aquel momento vivo en lucidez. Lucidez de consciencia, lucidez de realidad. Claro que me visita la vulnerabilidad, claro que sigo sintiendo con intensidad pero soy yo quien da el pase de entrada o salida.

Han pasado “cosas malas” que no han dejado de ser procedidas por cosas buenas. Las cosas malas las reconozco, acepto y me exijo continuar; las buenas me las quedo, las disfruto y las atesoro mientras busco forma de transformarlas para que se queden en mí floreciendo en formas varias. Le resté un espacio importante en mi cuerpo al pensamiento abrumador que exigía a gritos SU presencia y ahora me siento y vivo tal cual río que fluye con agua abundante, clara y natural en un cauce totalmente libre y despejado.

Y si vuelve, sí, ella, cual nombre ahora decido revelar: Ansiedad… le espero consciente no para dejarla habitar, sino para mediar y que pueda marcharse por el mismo camino en que llegó hasta mí.

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